¿Cómo se vivían las fiestas navideñas hace un siglo? Para responder con cierta solvencia tenemos que bucear en hemerotecas o en el anuario de LAS PROVINCIAS, como es mi caso para buscar datos que den forma argumental al relato que no es más que un ejercicio de aprendizaje sociológico de épocas pasadas, por las que, debo confesar, tengo verdadera pasión al conocer cómo era mi ciudad en otros tiempos.

 

La verdad es que, según los documentos, la Navidad se vivía en un ambiente sencillo, como era aproximadamente al que se vivía hace un siglo, cuyo censo ciudadano no alcanzada los 150.000 habitantes.

La animación navideña se centraba alrededor del Mercado, y su feria de aves de corral que habitualmente se venía situando en “el Clot” (luego plaza Redonda). Allí es más exigente gastrónomo podía encontrar vivos, los pavos, las gallinas, los gallos y los cerdos, toda una fauna esperando ser guisada cuando menos, a precios que hoy en dñia causarían estupor.

Las calles colindantes como por ejemplo la Sombrería, se podía adquirir queso de Holanda fresco; en la Bolsería y en la casa del Mallorquín, los ciudadanos podían comprar las tripudas sobrasadas de Mallorca; las Morcillas de Onteniente y cocos de América; en la Posada del Lobo, los voceadores anunciaban la venta de pasas de moscatel de Pamís a 20 reales de vellón  la arroba y el clásico pan de higo a 32 reales, sin olvidarnos que en la calle de la Olla frente a la actual de Avellanas, se expendía vino de cosechero y aceite de la masía del Rey, situada en el Llano de Quarte.

Junto a este variopinto mercado, surgieron unos tenderetes con figuras de barro coloreadas para la construcción de los belénes, y a ellos continuaron los puestos de venta de panderetas y zambombas; en última estancia aparecieron los juguetes económicos.

Con el paso de los años aparecieron los tiovivos, toboganes, columpios conocidos por “la barqueta! Y carruseles, a los que se unieron algunas atracciones circenses y barracones con extraordinarias exhibiciones, en las que los forzudos a toque de tambor alzaban pesadas pesas o frívolas actuaciones de las chicas del Can-Can. Asi, discreta y lentamente nació la Feria de Navidad, que pronto buscó nuevos espacios para sentar sus artilugios de ocio.

La feria se instaló primeramente en la plaza de la Aduana (Parterre), en la que las bandas militares amenizaban el festejo, luego pasó a la plaza Emilio Cautelar (plaza del Ayuntamiento) y más tarde en la parte posterior de la plaza de Toros, hasta que en 1944 se ubicó en el paseo de la Alameda, donde ante la protesta de los vecinos de la zona, tuvo que cambiarse a la Avenida de los Hermanos Maristas, zona en la que la suerte no les fue propicia, también aquí las protestas vecinales la empujaron a cambiar de lugar, en esta ocasión entre el puente de Campanar y el azud de Mislata. Fue un fracaso. Con el tiempo volvió a trasladarse al cauce del río junto al Camino de las Moreras.

De muy antiguo es la costumbre de los obsequios navideños, sobre todo entre los propietarios de tierras y sus arrendatarios. Se ofrecían sobre todo animales de pluma, frutas y tarros de miel. Los propietarios regalaban a sus campesinos turrones y dulces, en ocasiones golosinas a las que pocos accedían a su compra.

 

Si repasamos algunas estampas costumbristas, sobre todo las descritas por el escritor Vicente Blasco Ibáñez, en numerosos de sus libros, como por ejemplo “Arroz y tartana”, hay descripciones inolvidables de las compras de Navidad y posterior comida. También hace referencia al regalo “dels fematers”, de aquellos hombres que durante todo el año se llevaban la basura de las casas. Pues bien, éstos en compensación regalaban calabazas y boniatos que luego eran asados.

079La Navidad en la Valencia del siglo pasado, según los cronistas, era una época de amor y solidaridad. Todo el mundo era más bueno y afable. La preparación de la Navidad era ya motivo de alegría. La gente paseaba por la calle, entonces se podía pasear, y se dedicaba a comprar el turrón y el mazapán en la pastelería de la calle de la Bolsería “Las res palomas”; el turrón de Gandía en la calle de San Vicente al lado del estanco de Sewnto; lo pavos si no en “el Clot” sí en el huerto del convento de las monjas de la calle de Jerusalén, donde junto a otras aves de pluma se ofrecía la posibilidad de comprarlos vivos o ya preparados con relleno, a cuatro u ocho reales.

 

 

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