Con la festividad de San Blas, obispo y mártir, la iglesia parroquial de San Valero, situada en pleno corazón del barrio de Ruzafa, ayer, se llenó de fieles, de antiguos vecinos que acuden por la fiesta y de centenares de valencianos de todos los rincones de la ciudad. Unos para visitar al santo, que según la tradición cura los males de la garganta, y otro para comprar las galletitas (versión moderna dels panets del Sant) que,  después de ser bendecidas, se venden en bolsas de papel, junto a botellitas de aceite para frotar la garganta.


La jornada de ayer en la parroquia de San Valero, considerada como la Catedral de Ruzafa, estuvo llena de popular bullicio, aunque la programación de sus actos es casi la misma año tras año: misa mayor, veneración  de una reliquia que se conserva en un relicario de plata y procesión vespertina con la imagen del santo, con asistencia de centenares de niños, por las calles de la feligresía.
Como vengo haciendo desde hace muchos años también acudí a la cita con Sant Blai Glorios, que es comos se le reconoce. Tuve oportunidad de charla con el párroco José Verdeguer, amigo personal desde que dirigía el semanario del arzobispado Iglesia en Valencia, de esto hace ya muchos años, y analizar el cambio que ha experimentado el festejo y, sobre todo, la sociedad.
Muchas cosas han cambiado, por ejemplo, el itinerario procesional. Ahora la procesión recorre cuatro calles y se acabó. Recuerdo que antaño la procesión recorría más calles del barrio y daba la vuelta al antiguo mercado construido con madera. El desfile procesional por la zona llamada “el rancho grande”, por aquello que allí se vendía alimentos de estraperlo, era motivo de parada para entonar los gozos del santo. Algunos aprovechábamos la pausa para entrar en la bodega Biosca y tomar un refresco a base de agua de selz y jarabe de fresa o limón. Toda una delicia que algunos que peinamos canas, sólo por una cuestión genética, recordamos con satisfacción.
No se por qué ayer acudieron a la  mente muchos recuerdos de la infancia en mi barrio, sobre todo los juegos por las calles del antiguo mercado, cuyo dédalo callejero permanece vivo en mi memoria, las meriendas en la fuente que recaía frente a la farmacia Sorní y mi vinculación con la parroquia en calidad de monaguillo, quizás porque tenía como premio un bollo de chocolate negro, así como las travesuras propias de la edad. També recordé a muchos amigos que ya no están entre nosotros. Historias de una barriada imposibles de olvidar y que algún día pondré blanco sobre negro.
Muchas cosas han cambiado en el festejo, aunque aún permanece el atractivo de las paradas de golosinas y porrat, aunque actualmente en menor número. Es como una pequeña feria de cosas comestibles, como castañas pilongas, garbanzos tostados, almendras, avellanas, ciruelas, orejones, peladillas y hasta turrones.
A pesar de los cambios, Ruzafa continúa siendo uno de los más bellos rincones de la ciudad, por lo menos eso nos parece a todos aquellos que hemos nacido en ella.

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