En térres valencianes

La fe, per Vos, no mór,

I vostra Image Santa

Portem sempre en lo cor

Así es el sentimiento desde hace más de quinientos años. El pueblo valenciano, henchido de ardiente amor hacía Ella, hace buena la palabra devoción que el diccionario de la Real Academia de la Lengua define como “amor, veneración y fervor religioso”, marcando de esta forma el hito más importante de la historia mariana en Valencia, bajo la entrañable advocación de Nuestra Señora de los Desamparados.

La Virgen de Valencia, es la Virgen de las criaturas sin nombre. Es la Virgen de los solitarios, la del amargo penar, de los insatisfechos, de los oprimidos, la que se inclina maternal sobre la inocencia maltratada y sobre la culpabilidad dolorida.

La que en otros tiempos iba tendida sobre los cuerpos inertes de los que morían en el patíbulo, la que derramaba su misericordiosa mirada sobre los muertos sin nombre; la que velaba la angustiosa agonía de los náufragos y la sola luz que se filtra en la noche sombría de quienes tienen la mente nublada por la locura. Por eso, ésta es la Virgen que más entiende a los hombres, al haber estado siempre hincada en la humana desesperanza.

Valencia cada segundo de mayo estalla de fervor y devoción por su Patrona. La sagrada imagen recibe el más entusiasta homenaje de los valencianos, que la aclaman como Patrona en todos y cada uno de los principales actos del día de su festividad.

Los actos del “día grande” comenzaron, como ya es tradicional, con la siempre y abigarrada y emotiva Misa de Descubrir, en la que improvisados poetas alzándose sobre los hombros de sus compañeros, dedican los más bellos y encendidos poemas a la Mara de Déu, unidos a vibrantes cánticos.

Asistir a esta primera misa del Día de la Virgen, como he hecho durante muchos años con mi familia, es conectar con el palpitar de los corazones de los valencianos, que abigarrándose como una piña se unen en silenciosas plegarias hasta que el “rogle” anuncia con su tintineo metálico las cinco de la madrugada y el interior de la Real Basílica se llena de intensa luz, el tapiz que ha cubierto la imagen se eleva lentamente y la misericordiosa faz de la Madre vuelve a contemplar a su hijos, que enfervorecidos estallan en cánticos hasta que las gargantas de ahogan por las lágrimas de aquellos que con la mirada fija en el rostro le hablan en silencio.

Llegadas las ocho de la mañana, y sobre el floral tapiz, situado en la fachada de la Basílica, tiene lugar la anual Misa de Infantes, que cuenta con la colaboración de la Orquesta del Conservatorio Municipal “José Iturbi” y diversas corales.

Una vez finalizada la Eucaristía, la fallera mayor infantil de Valencia pronuncia una oración a favor de todos los niños valencianos, tal y como la pensó el siempre recordado arzobispo de Valencia, Marcelino Olaechea.

Sin embargo, si ya de por sí estos actos gozan de una intensa emoción, nada que ver cuando el pueblo la hace suya nada más salir de la Basílica en el típico “Traslado” en el que una intensa marea humana la rodea para tocarla, besarla y piropearla.

La jornada de exaltación mariana finaliza con la solemne procesión vespertina en la que, nuevamente, se exteriorizan todo tipo de emociones durante el itinerario procesional hasta que la Escolanía de la Virgen le da la bienvenida a su entrada en la Real Basílica entonando el bello canto “O Santísima, o Piísima”, original del maestro Miterer junto a todos tipo de manifestaciones de fervor y júbilo.

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