Nuevamente los valencianos ya estamos inmersos en los festejos de la Feria de Julio; festejos que a final de mes terminarán y el año venidero volverán fieles a su cita, como viene sucediendo desde el año 1875, fecha en la que el entonces concejal Mariano Aser consiguió que la Feria de Julio fuese una realidad.

PABELLON MUNICIPAL 1926_thumb[2]

La Feria de Julio también ha soportado diversos cambios, uno de ellos ha sido la desaparición de los pabellones falleros y el de la propia Junta Central Fallera, donde todas las noches se celebraban las preselecciones a las cortes de honor. Ahora es otra cosa.

Sin pecar de muy nostálgico, viene a mi memoria esa pléyade de orquestas y cantantes de moda que todas las tardes al declinar el sol y por la noche jaleaban a la juventud. Fue una época magnífica que mantengo en la memoria, gracias a Dios, a pesar de peinar canas.

La llegada de los pabellones falleros al recinto ferial situado en el paseo de la Alameda, se debe al desaparecido concejal y presidente de la Junta Central Fallera, Juan Bautista Martí.Belda. Un gran amigo hasta los últimos días de su vida.

El señor Martí.Belda en la década de los cincuenta contempló cómo la Feria de Julio decaía peligrosamente. No lo pensó dos veces y ofreció a las comisiones falleras la explotación de algún pabellón.

Así, al margen del pabellón oficial del Ayuntamiento, se levantaron otros como por ejemplo, el Centro Aragonés, la Casa de Andalucía y el Círculo Taurino junto al de la Juventud y las fallas de la plaza de la Merced, Mercado, Exposición y Collado, todos con una apretada programación en la que destacaba el Dúo Dinámico, Torrebruno, Lilian de Celis, Bonet de San Pedro, Karina, Gelu, Estrellita Castro, Robert Jeantal y aquellos pequeños morenitos de Madagascar llamados Los Surf, junto a los Brincos, Lo Protones y las filipinas Ellares Sisters, sin olvidarnos de los artistas de la tierra, como eran Rafael Conde El Titi, Pepe Marqués, Rosita Amores y Angelita Feliu.

Por otro lado en el pabellón de la Junta Central Fallera todas las noches se celebraba una preselección a las cortes de honor y elección del reina del pabellón junto a sus correspondientes damas de honor, elección ésta en la que participaba el público asistente.

Las tardes estaban reservadas a los infantiles. La delegación de Infantiles de la JCF ofrecía una amplia gama de espectáculos para la grey más pequeña de la fiesta fallera, en los que no podía faltar el Gran Fele y sus muñecos.

Mientras tanto los más talluditos deambulábamos por los pabellones y jardines en busca del “ligue” con extranjeras, sobre todos las universitarias que llegaban a nuestra ciudad en los cursos de verano y en el ambiente ferial se volvían “loquitas” si las invitabas a una rodaja de la roja sandia, la sabrosa panocha y la refrescante horchata. Aquí cierro el capítulo de historias para no contar.

De las antiguas celebraciones de la Feria de Julio sólo nos resta el Certamen de Bandas de Música, porque ni la atracciones con su avanzada tecnología, logran cautivar al visitante.

Quién no recuerda a las “aguadoras” de cuyos botijos el agua fresca saciaba la sed previo pago de unos monedas, o los puestos de refrescos de “colores”, que no eran más que jarabes de distintos gustos con agua fría, Todo contribuía a congregar al pueblo valenciano, en el excelente ambiente que hoy algunos considerarían, cuento menos pintoresco. La verdad es que la magia de las noches de Julio ha desaparecido. La feria ya no es lo que era, aunque la oferta nocturna de ocio que se ofrece actualmente es mucho más amplia. No hay más remedio que adaptarse a lo que marcan las épocas, pero no por ello debemos olvidar nuestro pasado como parte de la historia de nuestro pueblo, entre otras cosas porque un pueblo que no tiene pasado poco futuro le espera.

Este recuerdo no estaría completo si no mencionase el espectacular pabellón municipal con sus tres cúpulas o jibas construído por el artista fallero Carlos Cortina. Se ianuguró en el año 1926 y fue marco de diversos actos sociales, como por ejmplo, los Juegos Florales de Lo Rat Penat.

La última vez    que los valencianos lo vimos en el paseo de la Alameda fue en 1972. Al año siguiente, 1973, el Ayuntamiento decidió trasladarlo a un amplio espacio de los Jardines del Real. La verdad es que estuvo un poco abandonado a su suerte hasta que en el año 1981 un fuerte vendaval que azotó a Valencia destruyó la vieja estructura de madera.

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