Nuestro paseo nos sitúa, hoy,  en plena edad media. Desde la plaza de la Reina, antes de Zaragoza, encaminamos nuestros pasos hacia la plaza de Santa Catalina, antiguamente mucho más alargada que la actual para finalizar en la plaza Lope de Vega.

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En esta plaza, ya reducida, nos encontramos en el número 1 con la administración de lotería Santa Catalina, sobradamente conocida por los valencianos y que mantiene una intensa actividad comercial. El haberla convertido en peatonal ha sido todo un acierto.

Antaño habían dulcerías y una fábrica de chocolate especializada en los típicos “bollos” que hacía la delicia de la grey infantil y también de más de un talludito; actualmente los golosos del chocolate y los bombones artesanales aún los pueden adquirir en la tienda de chocolates Sanz, situado en la parte derecha de la plaza de Santa Catalina, frente a la administración de lotería. Merece la pena visitar este comercio que aún mantiene sus estanterías de madera, donde se aprecia el trabajo artesano de la gubia.

Muy cerca se sitúan dos establecimientos señeros: la horchatería El Siglo, que lamentablemente y recién ha tenido que bajar la persiana al no poder soportar el nuevo alquiler, y la horchatería El Siglo, toda una institución que merece la pena contar y que antaño me contó su último propietario Ramón Chicote.

El establecimiento en cuestión lleva más de doscientos años funcionando. La curiosidad radica que los primitivos propietarios, oriundos de Alcublas, se trajeron una gran parte de la juventud femenina de dicha población que a cambio de su trabajo formaban parte y compartían en mismo hogar que los dueños.

Un establecimiento conocidísimo que aún hoy exhibe orgulloso, en la entrada del mismo, un mármol redondo de la mesa que históricamente utilizó la Infanta Isabel en sus visitas a Valencia y, sobre todo, a esta horchatería en los años 1907, 1909 y 1919.

Entrando en la calle de la Sombrerería muchos recordarán el quiosco, situado en su parte derecha gracias al retranqueamiento de una parte del muro derecho del templo de Santa Catalina.

En la misma calle y antes de llegar a la plaza de Lope de Vega contemplamos una pastelería, un anexo a la administración de lotería, un comercio especialista en turrones y algunas ropas de ropa.

De la Plaza de Lope de Vega, en esta ocasión, debo destacar que allí se encuentra el inmueble más estrecho de Europa; llama la atención del visitante y, sobre todo, del extranjero que lo fotografía incansablemente. La verdad es que contemplar una casa con una fachada de un ancho máximo de 1,07 centímetros no es habitual. Cabe destacar que este edificio fue rehabilitado en el año 2007 e integrado en el edificio contiguo; tras las obras se ha convertido en apartamentos para alquilar, con mucho éxito por cierto dada su ubicación.

Por otro lado también hay comercios y negocios que han desaparecido. Uno de ellos era la librería de lance de Manuel Martí Belda que daba a la calle de Martí Mengod.

Esta librería era una de las que visitaba antaño para comprar viejos llibrets de falla y, sobre todo, teatro en lengua valenciana. Seguro que muchos se acuerdan de ella.

La plaza, muy fallera también desde hace años, fue muy importante para la vida festiva de los valencianos. Una comisión con solera, presidida actualmente por mi amigo Miguel Guillot, que el pasado año celebró con mucha ilusión y éxito de convocatoria el centenario de la comisión. Cabe destacar como un apunte que entre los artistas que en esa plaza han plantado se encuentra el mítico Regino Mas que lo hizo en los años 1936 y 1940.

Fue centro comercial. Hay que repasar guías de forasteros del pasado siglo para leer: “En una planta baja de la plaza de las Hierbas, como así se la conocía antiguamente, se vendía recado para puchero de enfermo. De día y de noche se encontraban cuartos de gallina, carne y garbanzos para puchero de enfermo”, describe el historiador Vicente Ferrer Olmos. La plaza la sitúa cerca de la actual calle del Trench.

Históricamente la plaza Lope de Vega, antaño de las Hierbas, era muy conocida y visitada por los huertanos ya que en ella el Consistorio tenía un puesto para el cobro de arbitrios por alquilar los banastos y sillas que usaban los vendedores para la venta de sus productos.

La guía también cita otra planta baja donde tenía su comercio el Molí de Ramos que trituraba toda clase de granos. Allí vendían el llamado “cacahuet descorfat”, arroces y toda una extensa variedad de harinas.

 

 

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