048 Actualmente se celebra el 70 aniversario de la liberación de Auschwitz, un campo de exterminio que algunos lo definen como la industria de la muerte, pero encima de todo calificativo ha quedado como símbolo de la mayor ignominia que mente humana pueda concebir.

Leyendo algunos actos conmemorativos vino a mi mente la visita que, con un grupo de amigos, realice a Cracovia hace ya muchos años, por otro lado una capital espléndida, y al campo de Auschwitz- Birkenau, que es su denominación oficial.

La visita se decidió tomando unas cervezas en la plaza del Mercado y tras leer detenidamente las ofertas turísticas que se ofrecían. Compramos los billetes y en un modesto autobús nos trasladamos al horroroso campo. Está a 70 kilómetros de Cracovia.

Aunque el enclave de Auschwitz fue uno más de toda una constelación de campos consagrados al exterminio, es, por méritos propios, el símbolo inmortal del Holocausto, del asesinato premeditado y planificado de millones de seres humanos, condenados a muerte por el mero hecho de ser judíos, de pertenecer a otra etnia o de mantener una ideología contraria al nazi-fascismo. En su interior se dio cita toda la crueldad y la infamia que puede caber en el alma humana.

Una vez en el campo lo primero que visitas es el memorial y asistes en una sala de cine a la proyección de las barbaries y también lo que se encontraron sus liberadores, que no fueron otros que una compañía del Frente Ucraniano, un 27 de enero de 1945. Fue horroroso, hasta el punto de que muchos de los asistentes no aguantaban y se salían de la sala. Era horroroso y espeluznante. La verdad es que por más que busco adquetivos para aproximarse siquiera al dolor y al sufrimiento que unos fanáticos infligieron gratuita y concienzudamente a tantos seres humanos no los encuentro.

Nos explicaron que allí más de un millón se seres humanos murieron, en su mayoría judios, pero también polacos, gitanos, homosexuales, testigos de Jehová y prisioneros de guerra soviéticos.

Visitamos alguna que otra dependencia, acompañados por un guía, que nos explicaba que eran aquellos barracones y zonas. Contemplamos las cámaras de gas, los hornos crematorios, alfombras hechas con pelo humano, los camastros de madera de los barracones, y los edificios reservados para la plana mayor de las SS y los guardias; todo un contraste con una estancia protegida por una cristal donde se amontonaban cientos de miles de gafas, zapatos, zapatillas y prótesis de piernas y brazos. La verdad es que todo se mantiene igual, sólo faltaban los guardias y los presos. Fue una visita inolvidable, por el horror contemplado, que ahora recuerdo con motivo de su liberación.

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