Entre las múltiples experiencias que nos permite nuestro mundo emocional se encuentra el sentimiento de nostalgia. Un viaje imposible, pero añorado hacia nuestro pasado. Eso es lo que me sucedió hace unos días cuando aprovechando la visita de la Mare de Déu a Ruzafa, recorrí algunas de las calles de la zona, testigos mudos de mi infancia y juventud.

2015-02-13 23.22.31De pronto, uno se siente invadido por imágenes, resonancias, palabras o sensaciones del ayer. Se da cuenta de que no es un mero ejercicio de la memoria, ya que, acompañando esos trazos de vida vivida, amanecen vagas emociones que parecen instalarse definitivamente en nuestro interior. Ocurre entonces que de aquellas emociones imprecisas despierta un enorme sentimiento que cubre todo nuestro ser con su presencia. Es como si de golpe todo el pasado vivido quedara resumido en esa estampa agridulce. Como si el tiempo se atorara con el único propósito de meternos en la encrucijada de ser lo que ya no podemos ser.

La parroquia de San Valero y San Vicente Mártir, mi parroquia, ha cambiado algunas cosas, pero sigue siendo espléndida y aún conserva, intacta, la pila bautismal de mármol rosa en la que la mayoría de niños y niñas de Ruzafa fuimos bautizados. A mí me bautizó don Juan Tamarit Ferrer cuya fotografía pude localizar en un sencillo libro tiulado “Efemérides” que escribió en 1951 el entonces párroco Vicente Mengod y que llegó a mis manos, muchísimos años más tarde, a través de un sacerdote de la parroquia del que lamento no acordarme de su nombre, aunque sí recuerdo una curiosidad: era maestro de la institución de enseñanza Don Juan de Dios Montañés y tras quedar viudo se hizo sacerdote.

La fotografía muestra el clero de antaño; así sentados están Juan Quilis Baixauli, Vicente Mengod (párroco), Juan Tamarit Ferrer. De pie: Fernando Ferris Sales, Juan Gisbert Cerdá y Francisco Oller Ribes.

El antiguo ayuntamiento de Ruzafa estaba situado en la plaza Barón de Cortes. De aquel edificio recuerdo que con el paso de los años se empleó para guardar las paradas del mercado callejero de madera y desmontables.

Muy cerca se encontraba la droguería de Vicente Cloquell y en la equina de la plaza la conocida farmacia Vicente Sorní, con magnífico artesonado de madera y no menos atractiva rebotica rebosante de tarros de cerámica. En ella trabajaba como dependiente y persona de confianza Ricardo, el que más culos conocía de la vecindad dado que en sus horas libres ejercía de practicante.

En la calle Platerías se situaba la herbolistería de César Antón. Cuántas veces he ido a comprar poleo y todo tipo de tisanas. La pequeña planta baja estaba rebosante de estanterías llenas de pequeños sacos con hierbas medicinales de todo tipo. Una rudimentaria balanza, pero de gran exactitud, servía para pesar las olorosas plantas que empaquetaba en bolsas de papel color marrón, pero tipografiadas con el nombre de la hierba medicinal vendida.

En el antiguo mercado estaba situada la Bodega Seguí, a la que la mayoría de los niños de Ruzafa acudíamos, con una botella, a comprar agua de seltz. El espectáculo era interesante pues la maquina se ponía en marcha para expender el directo el agua tras pasar por varios artilugios y ser carbonatada. No era más que un cilindro con un brazo articulado que mezclaba y daba presión; habitualmente estaba colocada en una pared cerca de la barra del bar.

En esa zona, en la parte posterior del mercado actual, estaba situado en llamado “rancho grande” lugar dedicado al estraperlo, así como suena. Allí se vendía la harina de Camporrobles o el aceite puro de oliva de la Sierra de Espadán y las alubias del Barco de Ávila, entre otras especies. Era un conglomerado de pequeñas paradas en la que se podía comprar todo tipo de comestibles con “pedigree”. Muy cerca el retén de los llamados “guiris”, la policía municipal que miraba para otro lado.

Las Bodegas Seguí daban también a la calle de Cura Femenía. En esta calle y a su altura con el cruce con Carlos Cervera se encontraba el famoso restaurante Los Pedralvinos. Todos los días estaba lleno a rebosar por su buena carta y mejor cocina. Los propietarios oriundos de la población de Pedralba acertaron con el negocio, sobre todo por el trato familiar que ofrecían a los clientes. Ella, no recuerdo el nombre, los recibía en la puerta con una delantal completo de color blanco como la nieve y una amplia sonrisa; su marido desde la barra organizaba las comandas. Era un restaurante que visitábamos con frecuencia muchas familias del barrio, sobre todo los domingos.

De los cines de la zona como El Oriente, en la calle Sueca con Buenos Aires, que se conocía por el cine del crimen pues tras la pantalla se encontró en una caja metálica de galletas la cabeza del gerente; luego se llamo cine Junior. También el cine Mundial, en Maestro Aguilar y el Iberia en la calle Los Centelles.

El que más cerca tenía de mi casa era el cine Ideal, en el cruce de la calle Denia con Sevilla. Tres películas, dos No-Dos, una locura!!. Recuerdo que en el bar, denominado “ambigú” se vendían refrescos de limón, menta y fresa, vamos lo que se conocían por refrescos de colores. También se expendían copas de coñac y cazalla. Para comer, las barridas de turrón Meivel, palomitas y los famosos bollos de chocolate de Torrent. De los urinarios paso de hablar.

 

 

 

 

 

 

 

 

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