Aunque sea una vez al año acercarme a Campanar me trae gratos recuerdos de mi infancia, sobre todo por aquello de haber tenido lazos familiares paternos en la población y en consecuencia de obligada visita, más todavía cuando se celebra el centenario de la coronación de la imagen que tuvo lugar un 25 de abril de 1915; bula papal que convertía a la Mare de Déu de Campanar en la primera imagen coronada de la Diócesis de Valencia.

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La efeméride era importante, sobre todo, porque era la segunda vez que la imagen original se mostraba fuera de su camarín, algo parecido sucedió en las celebraciones del cuarto centenario de su hallazgo en 1996. Cabe recordar que la sagrada imagen es de piedra y mide 40 centímetros de altura, fue encontrada un 19 de febrero de 1596 por unos albañiles, según señala la leyenda, durante unas obras en la propia iglesia de La Misericordia.

A la celebración no le faltó de nada. Por la mañana, en la plaza de la Iglesia, se celebró una misa estacional presidida por el cardenal-arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares, concelebrada por todos los sacerdotes del arciprestazgo; al declinar la tarde solemne procesión por las calles del casco antiguo de la población que para esta ocasión estaba ornamentado con cobertores con la imagen de la Virgen, así como con macetas sobre peanas de hierro forjado de flores naturales y también realizadas con papel.

Participé en la eucaristía vespertina en la parroquia de Nuestra Señora de la Misericordia y fueron momentos de emociones encontradas con pinceladas de nostalgia, sobre todo al imaginar que estaba en el mismo lugar donde antaño mis abuelos paternos, tíos y padrinos y yo mismo, de corta edad, visitaba la misma iglesia en el día de la fiesta de la patrona de Campanar.

La verdad es que desde la distancia de mis visitas, la transformación a que estaba destinada  la población de Campanar era impensable y, sobre todo, que su amplia y espaciosa huerta dominada por las acequias de Rascanya y Mestalla cuyas aguas llegaba a esos campos y que eran el medio de vida del hombre de la huerta desaparecerían.

Recuerdo que para ir a la población a pie se pasaba por el llamado “fielato”, pequeña oficina de impuestos municipales, después de atravesar el Camino de Trásitos y por caminos de huerta se llegaba a la población. En esta oficina pagabas impuestos por traer a la capital harina, huevos, patatas y verduras, entre otras cosas.

Con el paso de los años contemplé, en mis sucesivas visitas, como la presión urbanística fue sacrificando lo mejor de la huerta y modernos bloques de viviendas fueron apareciendo junto a surcos del patatal, de las cebollas y hortalizas de invierno y de verano, sin olvidarnos de los “nabos de Campanar”, los mejores para hacer un buen arrós en fesols i naps, según los especialistas. Hoy, ya ni eso. Es el tributo que hay que pagar al llamado progreso.

¿Y los molinos? En antiguas crónicas aparece el Molí Nou, el dels Frares, de Llovera, dels Pobres, del Sol, del Comte, de Sant Pere y el de la Marquesa, entre otros, desaparecidos y con ellos los recuerdos de cómo los molineros, muy importantes en Campanar, descargaban el trigo y cargaban la harina en enormes carros tirados por los típicos “rosins”, así como las vaquerías, mis tíos ternian una que visitábamos y como una gracia me ofrecían vasos de leche caliente y recién ordeñada. Vaya locura!! Pero no pasaba nada.

La verdad es que las tierras y las huertas las compraron los constructores y los agricultores, quizás, recolectaron la cosecha de su vida. Todo cambió. Sin embargo, admiro como el pueblo de Campanar ha sabido conservar sus fiestas, costumbres, tradiciones, devociones y procesiones  que hace que recordar que todo sigue vivo entre sus gentes. Un ejemplo, les invito a que cada 19 de febrero, fecha conmemorativa del hallazgo de la pequeña imagen, como señalaba al principio, se acerquen para vivir los festejos en honor de la Virgen de Campanar y, sobre todo, saborear lo que sus calles aún mantienen de pueblo, entre ellas, Maestro Bagant, Barón de Barcheta, Mossen Rausell y Grabador Enguídanos, en ésta última se mantienen en pie dos casas típicas con sus estructuras de antaño, bien conservadas y un edificio tapiado y en mal estado en el que antaño se hallaba El Cafetí de Gallera, punto de encuentro de visitantes y oriundos del pueblo para almorzar y preparar las partidas de “pilota valenciana a llargues” que tenian lugar en la misma calle todos los domingos. Un lujo que se daba en pocos lugares.

 

 

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